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cultură şi spiritualitate

El Comulgatorio (1655)
Portada de El Comulgatorio, Amberes, Jerónimo y Juan Bautista Verdusen, 1669.

El Comulgatorio se ocupa de la preparación del cristiano para recibir la comunión. Según desvela la portada, el tratado «contiene varias meditaciones para que los que frecuentan la sagrada Comunión puedan prepararse, comulgar y dar gracias». «Meditaciones» es el nombre que el jesuita asigna a los capítulos de este libro, en la línea de obras anteriores, donde se titulaban «primores» (El Héroe), «realces» (El Discreto), «discursos» (Agudeza y arte de ingenio) o «crisi (s)» (El Criticón). El capítulo o meditación primera sirve a la preparación del cristiano para recibir la comunión, el segundo al acto de la comunión propiamente dicha, el tercero a los frutos que se obtienen de recibir el cuerpo de Cristo y el cuarto a dar gracias. Estas meditaciones están divididas en puntos o temas de reflexión y, a su vez, cada punto presenta dos partes separadas tipográficamente por un asterisco.

Con El Comulgatorio Gracián abandona el estudio del ingenio y se dedica al de las emociones, en línea con los escritores espirituales del Siglo de Oro. Es este un libro de carácter religioso, muy distinto de los hasta ahora escritos por el aragonés, tanto en temática como en estilo. Lo publica por primera vez con su verdadero nombre y no con el de su hermano «Lorenzo Gracián» o bajo un anagrama como el «García de Marlones» con el que ve la luz la primera parte de El Criticón. El Comulgatorio es más discursivo y apela a los afectos. Está más cercano a la oratoria sagrada que a la sentenciosa filosofía moral.

En cuanto al género de El Comulgatorio, la crítica se divide entre quienes piensan que es una pieza de oratoria sagrada, es decir, un sermón, y los que sostienen que la obra pertenece al género de los libros de devoción.

] Ediciones

  • Baltasar Gracián, El Comulgatorio, Zaragoza, Juan de Ybar, 1655. (Biblioteca Nacional de España. Sig. R/22037.)
  • A. Egido (introducción), El Comulgatorio, edición facsímil (Zaragoza, Juan de Ybar, 1655), Zaragoza, Gobierno de Aragón-Institución «Fernando el Católico», 2003.
  • Evaristo Correa Calderón (ed.), Madrid, Espasa-Calpe (col. Clásicos Castellanos), 1977. ISBN 84-239-3816-6
  • Miguel Batllori, Aurora Egido y Luis Sánchez Laílla (eds.), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza (col. Clásicos Aragoneses Larumbe), 2003. ISBN 84-7733-644-X

] El Criticón (1651 - 1657)

Las tres partes del Criticón, publicadas en 1651, 1653 y 1657, constituyen, sin duda, la obra maestra de su autor y es una de las obras cumbres del Siglo de Oro español. Bajo la forma de una extensa novela alegórica de carácter filosófico, esta novela reúne en forma de ficción toda la trayectoria literaria de su autor. El Criticón conjuga la prosa didáctica y moral con la fabulación metafórica, y con ello, cada «crisi» (capítulo), alberga una doble lectura —si no más— en los planos real y filosófico. En ella se unen invención y didactismo, erudición y estilo personal, desengaño y sátira social.

Portada de la primera edición de El Criticón (1651).[15]

La obra constituye una extensa alegoría de la vida del hombre, representado en sus dos facetas de impulsivo e inexperto (Andrenio) y prudente y experimentado (Critilo). Estos dos personajes simbólicos, persiguiendo la Felicidad (Felisinda, madre para Critilio y esposa para Andrenio), acaban recorriendo todo el mundo conocido persiguiendo el aprendizaje de la virtud que, pese al engaño que ofrece comúnmente el mundo, les llevará a ganar la Inmortalidad por sus hechos al llegar la muerte al final de la novela. Es, por tanto, la culminación literaria de la visión filosófica del mundo de Gracián, donde prima el desengaño vital y el pesimismo, si bien la persona cabal consigue elevarse sobre este mundo de malicia.

La obra podría verse, desde el punto de vista del género empleado, como una gran epopeya moral: fábula menipea la llamó Fernando Lázaro Carreter. Además se ha relacionado con la novela bizantina por la multitud de peripecias y aventuras que sufren los personajes y con la novela picaresca por la visión satírica que de la sociedad se muestra a lo largo del peregrinaje de sus protagonistas Critilo y Andrenio.

Aunque El Criticón se plantea inicialmente como una novela bizantina, en la que los dos peregrinos tienen como fin la búsqueda de Felisinda, pronto se descubre esto como un imposible, y con ello la estructura de la novela se conforma como una serie de episodios ensartados, al modo de la novela itinerante habitual de la picaresca. Tras este desengaño, el verdadero objetivo de nuestros protagonistas es alcanzar la virtud y la sabiduría. Pronto se abandona, con ello, una tenue intriga para demorarse en sucesivos cuadros alegóricos que dan cauce a la reflexión filosófica partiendo de una óptica satírica del mundo.

Primera edición de la segunda parte del Criticón.[16]

En cuanto a la estructura externa, El Criticón apareció, como dijimos, en tres entregas. En la Primera parte, subtitulada «En la primavera de la niñez y en el estío de la juventud», los protagonistas se encuentran en la isla de Santa Elena, se cuentan las peripecias vitales que les han llevado allí y emprenden el viaje a España, comenzando por la Corte. La Segunda parte, que aparece con el epígrafe de «Juiciosa cortesana filosofía en el otoño de la varonil edad», transcurre por tierras de Aragón y Francia. En la Tercera Parte, titulada más llanamente «En el invierno de la vejez», entran por tierras de Alemania y acaban en la meca del peregrino cristiano, Roma, para ser anunciados a la muerte y llegar a la inmortalidad cruzando las aguas de tinta de la fama. Los tres tomos ofrecen un equilibrio estructural en lo externo muy notable. Las dos primeras partes constan de trece «crisis» cada una y la tercera tiene doce.

El tiempo del relato se configura a través de un eje cronológico marcado por el ciclo vital del hombre y asociado a las estaciones del año, tal y como aparece esbozado en el último capítulo de El Discreto. El tiempo de la ficción novelesca progresa de manera lineal, pero recorrido por constantes digresiones e interrupciones. En estos remansos se da cuenta de todo un mundo alegórico y supone una detención del tiempo, muy adecuada a la generalización filosófica y moral.

Parece seguro que había un plan de la obra preconcebido en El Criticón, lo que se observa en el hecho de que el arranque y desenlace de la obra suceden en una isla, según apuntó Klaus Heger.[17] La misma tesis recoge Ricardo Senabre,[18] que señala también la existencia de principios estructurales basados sobre todo en la antítesis. Esta se hace presente ya en los dos protagonistas medulares, Andrenio-Critilo, y recorre toda la obra, desde los distintos comportamientos que ante determinadas situaciones tienen cada uno de los protagonistas, hasta la abundancia de periodos bimembres en frases e incluso en la figura literaria de la anfibología. Por otro lado, si nos atenemos a los temas que recorren la obra, encontramos una recurrente antinomia entre el engaño y el desengaño, eje temático que estructura toda la narración.

En fin, Correa Calderón,[19] considera que El Criticón no es sino una serie de cuadros alegóricos yuxtapuestos, constituidos a modo de fantasías morales, y enlazados tan solo por la andadura de sus dos protagonistas, como ocurre en los libros satíricos de la época. Así lo hacían obras tal El Diablo Cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, que adoptaba una estructura de pequeños módulos alegóricos independientes, como son los ensartados en el hilo del camino de los dos peregrinos de Gracián.

El autor exhibe constantemente una técnica perspectivista que desdobla la visión de las cosas según los criterios o puntos de vista de cada uno de los personajes, pero de forma antitética, y no plural como en Cervantes. La novela refleja, con todo, una visión pesimista de la sociedad, con la que se identificó uno de sus mejores lectores, el filósofo alemán del XIX Arthur Schopenhauer.[20] Se trata de una mirada amarga y desolada, aunque su pesimismo alberga una esperanza en los dos virtuosos protagonistas, que consiguen escapar a la mediocridad reinante alcanzando la fama eterna.

 Ediciones

  • EL CRITICÓN/ PRIMERA PARTE/ EN/ LA PRIMAVERA/ DE LA NIÑEZ,/ Y EN EL ESTÍO DE LA JUVENTUD./ AUTOR/ GARCÍA DE MARLONES./ Y LO DEDICA/ AL VALEROSO CABALLERO/ DON PABLO DE PARADA, / DE LA ORDEN DE CHRISTO,/ General de la Artillería, y Governa/ dor de Tortosa./ CON LICENCIA./ EN ZARAGOZA, por IVAN NOGUÉS, y a su costa./ Año MDCLI.
  • EL CRITICÓN/ SEGUNDA PARTE./ IVYZIOSA CORTESANA/ FILOSOFÍA,/ EN EL OTOÑO DE LA/ VARONIL EDAD./ POR/ LORENZO GRACIÁN./ Y/ LO DEDICA/ AL SERENÍSIMO SEÑOR/ D. IVAN DE AVSTRIA. / CON LICENCIA,/ En Huesca: por Ivan Noguès./ Año 1653./ A costa de Francisco Lamberto, Mercader de Libros./ Vendese en la Carrera de San Gerónimo.
  • EL CRITICÓN./ TERCERA PARTE./ EN/ EL INVIERNO DE LA VEJEZ./ POR/ LORENZO GRACIÁN./ Y LO DEDICA/ AL DOCTOR DON/ Lorenço Frances de Vrritigoyti,/ Dean de la Santa Iglesia/ de Siguença. / CON PRIVILEGIO./ En Madrid. Por Pablo de Val. Año 1657./ A costa de Francisco Lamberto, vendese en su casa/ en la Carrera de San Geronimo.
Edición princeps de la tercera parte de El Criticón (Madrid, 1657).
  • El Criticón, Lisboa, Henrique Valente de Oliveira, 1ª parte, 1656; 2ª parte, 1657; 3ª parte, 1661.
  • Tres partes de El Criticón (...), Barcelona, Antonio Lacavallería, 1664.
  • Tres partes de El Criticón (...), Barcelona, Antonio Lacavallería, 1682.
  • El Criticón, edición de Julio Cejador, Madrid, Renacimiento, (col. Obras maestras de la Literatura Universal), 1913-1914, 2 vols.
  • El Criticón, edición crítica y comentada de Miguel Romera Navarro, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 3 vols., 1938, 1939, 1940, (ed. facsímil, Hildesheim-New York, Georg Olms, 1978, 2 vols.) Edición digitalizada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2010. Tomo primero. Tomo segundo. Tomo tercero.
  • El Criticón, edición, introducción y notas de Evaristo Correa Calderón, Madrid, Espasa-Calpe, (col. Clásicos Castellanos, 165-167), 1971, 3 vols.
  • El Criticón, edición, introducción y bibliografía de Santos Alonso, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas, 122), 1980, (1984, 2ªed.). ISBN 8437602572
  • El Criticón, edición, bibliografía y notas de Elena Cantarino, introducción de Emilio Hidalgo-Serna, Madrid, Espasa-Calpe, (Austral, 435), 1998, 840pp.
  • El Criticón, edición e introducción de Carlos Vaíllo, prólogo de José Manuel Blecua, Barcelona, Círculo de Lectores, 2000.
  • El Criticón (ed. facsímil), prol. de Aurora Egido, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico» (C. S. I. C.), 2009, 3 vols. ISBN 9788499110004.

 Otras obras

[ Obras menores

Escritos preliminares en obras ajenas
  • Prólogo y edición de Predicación fructuosa del padre Pedro Jerónimo Continente, jesuita (1652)
  • Prólogo y selección de Poesías varias de grandes ingenios españoles, de José Alfay (Zaragoza, Juan de Ibar, 1654).
  • Aprobación de Entretenimiento de las musas, de Francisco de la Torre Sevil (1654).
  • Aprobación de Vida de la infanta Santa Isabel, de Francisco Funes de Villalpando, marqués de Osera (1655).
  • Aprobación de La Perla. Proverbios morales, de Alonso de los Barros (1656).
] Epistolario

Se conservan 32 cartas completas de Gracián, dirigidas a Vincencio Juan de Lastanosa, Andrés de Uztarroz, Manuel de Salinas, o el tortosino Francisco de la Torre Sevil. También conservamos epístolas dirigidas a sus superiores y compañeros jesuitas.

Importan sobre todo las enviadas a un jesuita de Madrid en 1646,[21] en las que se refiere a la batalla de Lérida, donde se muestra orgulloso de su valerosa intervención. Nos cuenta cómo muchos capellanes cayeron enfermos o prisioneros, y cómo hubo de multiplicar su trabajo para absolver y dar el jubileo a los soldados en la misma línea del frente, como un combatiente más.[22]

En estas cartas, además de obtener jugosos datos sobre su biografía, se muestra escritor en un estilo natural, que dista mucho del que él mismo se forjó para vehicular su obra literaria. En cambio, las aprobaciones y prólogos citados, escritos en su peculiar estilo conceptista, no tienen tanto interés, pues además hay que tener en cuenta su tono laudatorio y obligado formulismo.

] Bibliografía de escritos menores
  • Cartas al cronista Juan Francisco Andrés de Uztarroz y al canónigo Manuel de Salinas. Ms. V, 171. Biblioteca Nacional de España, Madrid.
  • MOREL-FATIO, A., «Liste chronologique des lettres de Balthasar Gracián dont l'existence a été signalée ou dont le texte a été publié», en Bulletin Hispanique, 1910, XII, pp. 204-206.
  • Poesías varias de grandes ingenios españoles, ed. José Alfay, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, [s.n., 1946].
  • Relación [...] sobre el sitio y socorro de Lérida, ed. Carlos Sánchez, Madrid, Carlos Sánchez, 1646. CCPB000418430-0.
Ejemplares:
  • Madrid. Real Academia de la Historia 9/3629(30). Olim: T-55(30). Relacion de los felices sucessos, y vitoria que han tenido las católicas armas de su Magestad, que Dios guarde, gouernadas por el Excelentissimo señor Marques de Leganes, sobre el sitio y socorro de Lerida, Madrid, en casa de Carlos Sanchez, 1646.
  • Barcelona. Biblioteca de Cataluña. F.Bon. 2129 [1]
  • ROMERA-NAVARRO, M., «Dos aprobaciones de Gracián», Hispanic Review, Vol. 8, Nº. 3 (Jul., 1940), pp. 257-262. [2]

 Ediciones de sus obras completas

  • Evaristo Correa Calderón. Madrid: Aguilar, 1944
  • Miguel Batllori y Ceferino Peralta. Madrid: Atlas, 1969.
  • Emilio Blanco. Madrid, Turner-Biblioteca Castro, 1993, 2 vols. ISBN 8489794596
  • Luis Sánchez Laílla, introducción de Aurora Egido. Madrid, Espasa-Calpe, 2001. ISBN 8423978931

 Estilo

El estilo de Baltasar Gracián, el generalmente llamado «conceptismo», se caracteriza por la elipsis y la concentración de un máximo de significado en un mínimo de forma, procedimiento que Gracián lleva a su extremo en el Oráculo manual y arte de prudencia, compuesto íntegramente de casi tres centenas de máximas comentadas. En ellas se juega constantemente con las palabras y cada frase se convierte en un acertijo por obra de los más diversos mecanismos de la retórica.

Si los manieristas, como Herrera o Góngora, tuvieron por modelo el estilo oratorio de Virgilio y Cicerón, Gracián —barroco— adopta el estilo lacónico de Tácito, Séneca y Marcial, su paisano. Ello no significa, sin embargo, que el suyo sea un estilo llano, al modo de Cervantes. La dificultad es patrimonio tanto de cultistas gongorinos como de conceptistas. La diferencia estriba en que el esfuerzo de comprensión del lector de estos últimos exige descifrar los múltiples significados ocultos tras cada expresión lingüística. La concisión sintáctica, además, obliga frecuentemente a suponer elementos elididos, ya sean palabras con significado léxico o conectores lógicos.

Arte de ingenio, tratado de la agudeza. Portada de la edición princeps de Madrid, 1642.

La prosa de Gracián está conformada por oraciones independientes y breves separadas por signos de puntuación (coma, punto y punto y coma) y no por nexos de subordinación. Predomina, pues, la yuxtaposición y la coordinación. La escasa presencia de oraciones subordinadas en periodos complejos, lejos de facilitar la comprensión, la hace ardua, se hace necesario suplir la lógica de las relaciones entre las sentencias, deduciéndola del sentido, de la idea que se expresa, lo que no siempre es fácil. La profundidad de Gracián, pues, está en el concepto y en la elusión, no en la sintaxis.

La concisión expresiva se manifiesta en la frecuente deixis de elementos con función anafórica que aparecen sobreentendidos por el contexto lingüístico que lo antecede o porque (como en el caso frecuente de los nexos) la relación lógica se da por supuesta y delegada a la inteligencia del lector. De modo que es habitual la elipsis del verbo «ser», como se aprecia en su conocida máxima «Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo» (Oráculo..., 105.), que además es una declaración de intenciones que se puede aplicar al laconismo de su elocución. Muy frecuente es, con este mismo objetivo, la utilización del zeugma. También se da la elipsis del sustantivo. Aquí vemos un ejemplo de sustantivo omitido en zeugma: «Dieron luego conmigo en un calabozo cargándome de hierros, que este fue el fruto de los míos» (mis yerros —de errar—, se entiende: El Criticón, 1ª parte, crisi IV).

La riqueza semántica, casi siempre polisémica, ofrece en Gracián la mayor intensidad que se había dado hasta entonces en la literatura española. Nunca bastará con el principal significado denotativo, sino que se han de buscar todas las acepciones simultáneas. La dilogía, la ambivalencia semántica, los dobles y hasta triples sentidos son constantes en el quehacer de Gracián. No para crear ambigüedad, sino para ofrecer todas las posibilidades de conocimiento y percepción del mundo.[23] La doble interpretación en el plano real y el alegórico o filosófico es lo que confiere una densidad extraordinaria a su obra. Y esto sucede tanto a nivel morfológico o léxico como oracional y textual. Así, ejemplos de dobles sentidos frecuentes en él son «río» (de ‘reír’ y ‘corriente de agua’) o «yerro» (‘metal’ y ‘error’).

En la lengua de Gracián domina el verbo y el sustantivo, en contraposición al escaso uso del epíteto, pues «el estilo lacónico los tiene desterrados en primera ley de atender a la intensión, no a la extensión» (Agudeza y arte de ingenio, discurso LX). Muchas de sus sentencias, preferentemente en el Oráculo manual y arte de prudencia, comienzan con un verbo, a veces precedido de la partícula negativa. En muchas ocasiones el verbo se convierte en el eje de la frase.[24]

Por otro lado Gracián usa constantemente la antítesis, el contraste, la paradoja, reforzándolos en sintagmas y oraciones de estructura bimembre, que se oponen entre sí. Esta simetría conduce a un ritmo ágil, una prosa binaria, semejante a la utilizada por fray Antonio de Guevara en el siglo XVI. Destaca cómo construye oposiciones con el uso de la paronomasia, como se observa en los dobletes cielo-cieno, tálamo-túmulo, joyas-hoyas, vestal-bestial o gusto-gasto. El mismo retruécano sirve a menudo a la expresión del contraste: el hombre «no come ya para vivir, sino que vive para comer» (Criticón, I, X); los españoles «tienen tales virtudes como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios como si no tuviesen virtudes» (Criticón, II, III); «así que de todo hay en el mundo: unos que siendo viejos quieren parecer mozos, y otros que siendo mozos quieren parecer viejos.» (Criticón, III, I).[25]

Otro rasgo estilístico de la prosa de Gracián es la búsqueda de la precisión léxica, para la que en muchas ocasiones se recurre al neologismo de creación. Y en este terreno, es donde aparece el sustantivo, la verdadera piedra de toque del estilo de Gracián, en detrimento de adjetivos, adverbios y nexos de subordinación. Así aparecen términos como «conreyes», «descomido», «desañar», «despenado» o «reconsejo», nuevos en el acervo del léxico español.[26]

Otras veces recurre a acepciones caídas en desuso y que él pone en primer plano (plausible=admirable, plático=práctico, brujulear=sondear el carácter, sindéresis=capacidad natural para el juicio correcto, etc.) o a cultismos traídos de nuevo a enriquecer el idioma, como «crisis» (estimación, juicio), «especiosidad» (perfección), «delecto» (capacidad de discernimiento), «deprecar» (pedir con insistencia), «exprimir» (expresar), «convicio» (ofensa), «intensión» (efectividad). Otras veces trae a colación nombres propios para crear vocablos comunes: «su minerva» (su inteligencia o sabiduría). Por último encontramos aragonesismos que concurren a aumentar el caudal del vocabulario español: «podrecer» (pudrir), «defecarse» (decantarse el vino de impurezas, y por extensión, lustrarse, perfeccionarse), entre otros.

Es muy característica la polisemia etimológica o falsamente etimológica en el nombre, a partir de peregrinas etimologías inventadas por él. Así, de Dios dirá «que del dar (...) tomó el Señor su Santísimo y Augustísimo remombre de Dí-os en nuestra lengua española» [3]. En el mismo lugar (Agudeza..., XXXII), nos aporta otro caso similar: «Ponderaba un varón grave y severo el tiempo que roban en España las comedias, y las llamaba come-día y come-días.» [4]. Otras veces utiliza procedimientos de derivación y composición para crear neologismos nominales insólitos, como «espantaignorantes», «arrapaltares», «marivenido»,[27] llegando a extremos de monstruosidad lingüística, en casos como los de «serpihombre» o «monstrimujer». El proceso inverso a la composición se da también en ejemplos como «casa y miento» (perversa interpretación de las raíces léxicas de ‘casamiento’), o «cumplo y miento» (de ‘cumplimiento’).

Conocido es su uso de máximas de tradición grecolatina y humanística y también del refranero popular, pero siempre llevándolas unas y otro a su terreno, reinterpretando su sentido o acomodándolo a los tiempos y, en el caso de los dichos del folclore paremiológico, tergiversando su enunciación y manipulándolo a su gusto. Así, a la dificultad y concisión de su estilo le cuadra una de sus más acertadas manipulaciones del acervo común: su frase «A pocas palabras, buen entendedor», que otorga un sentido radicalmente distinto al proverbio popular, pues justifica su estilo elíptico por la inteligencia de los lectores que han de acercarse a la obra de Gracián.

La prosa de Gracián no es producto de la espontaneidad, pues el estudio del autógrafo de El Héroe realizado por Romera-Navarro[28] demuestra que corregía y pulía constantemente su estilo. Elabora la forma tanto como cuida el contenido ideológico, lo que muestra su clara conciencia de escritor. La búsqueda de la originalidad y el rechazo del lenguaje manido hacen del suyo un arte minoritario, distinguido y elevado; pues como dice en el prólogo —aunque a nombre de Lastanosa, debido indudablemente a su pluma— «A los lectores» de El Discreto:

Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito.

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